domingo, 23 de febrero de 2014

VIEJOS CAMARADAS




En una tienda de segunda mano me hago con "Lobos Marinos" de Andrew V Maclaglen, con David Niven, Gregory Peck y Roger Moore. La película pude que sea perfectamente olvidable , sin ningún mérito más allá de pasar un rato razonablemente entretenido. Pero hay algo en ella de entrañable, de reencuentro con viejos amigos que han llenado muchas horas de cine de la infancia o adolescencia.
El proceso por el cual uno se engancha al cine no comienza con grandes películas. Su inicio es más modesto, y se fundamenta en no pocas sesiones de películas de aventuras plagadas de rostros conocidos en la época. A partir de ahí uno inicia un proceso en el que va aumentando poco a poco sus expectativas y accediendo a obras de más calado que le convierten definitivamente en un fanático del celuloide. Pero los primeros coqueteo con la ficción en la pantalla dejan un recuerdo imborrable.
En estos "Lobos Marinos" se aprecia una realización rutinaria, algo así como una reunión de veteranos para pasar un buen rato. Peck era una leyenda del cine en su recta final, Niven un rostro clásico desde tres décadas reducido en sus últimos años a repetir insistentemente el mismo papel de impecable caballero inglés, generalmente con pasado militar y Moore era el actor más popular del momento (año 1980) puesto que en esos momentos encarnaba a James Bond.
Para el público que se mueve entre los 40 y los 50 Roger Moore requiere un apartado especial. Cualquiera que se acerque a su figura se encontrará con una escasa valoración de su trabajo como actor. Nunca se le consideró como uno de los mejores Bond y sus capacidades como intérprete siembre han sido minusvaloradas. Pero es uno de esos tipos que han sabido hacer muy bien lo que sabían. Nadie en los años 70 pensaba que 007 podía subsistir sin Connery, tras el fallido experimento de George Lazenby, pero la entonces estrella televisiva lo consiguió, manteniendo el rendimiento en taquilla de la serie. En realidad pertenecía a esa estirpe de intérpretes propia de otra época: medianos actores con buena presencia y oficio tras la cámara. Con su flema inglesa, sus contestaciones irónicas y ese convencimiento de que siempre iba a acostarse con la guapa de turno, desprendía una simpatía natural a fecha de hoy inexistente en muchos actores, superiores a él en técnica y registros, por descontado, pero carentes del carisma para encandilar a los menos legos en la materia. Incluso cuando Albert Broccoli se empeñó en que siguiera encarnado al agente secreto más famoso del mundo cuando sus arrugas y michelines le situaban más cerca de uno de esos playboys cincuentones con mucha cartera, que de una implacable espía.
Al cine de hoy en día quizá le falte naturalidad. La sociedad ha evolucionado y es mucho mas compleja, las películas, por ende también. Al perder esa frescura es raro que cualquier producto de entretenimiento sin pretensiones, no le falte un cierto aire de trascendencia que le resta atractivo. "Lobos Marinos" me ha transportado a esas sesiones de sábado por la tarde en las que el tránsito de la comida a la merienda era más llevadero gracias a este tipo de películas.

domingo, 24 de marzo de 2013

VINCENT MINNELLI: EL ESTILISTA POLIFACÉTICO



El sistema de estudios que dominó la industria del cine hasta los años 60 tuvo numerosas virtudes, entre ellas el dar a realizadores con potencial el soporte necesario para desarrollar sus aptitudes a través de equipos de colaboradores permanentes y las dosis de libertad creativa necesaria para regalar al espectador el transporte hacía la fantasía. Cierto es que los imperativos comerciales lastraban en ocasiones la pretendida autoría de los cineastas, pero justo es reconocer que las rígidas estructuras de las grandes majors favorecieron la creatividad de no pocos directores.
Tal vez Vincent Minnelli sea el mejor ejemplo de esta tesis. Ligado casi toda su carrera a los poderosos estudios Metro- Goldwing-Mayer, los inmensos medios que dispuso le permitieron ser un renovador del género musical hasta dotarle de un prestigio antes impensable. Ya desde esa innovadora y fascinante extravagancia, llamada “El Pirata” demostró un talento para la inserción de los números musicales en la acción narrativa de una forma sencillamente magistral. Estas constantes se manifiestan en su máximo esplendor en la acaso sobrevalorada en su día y premiada “Un americano en París” y la excelente, irónica y entrañable “Melodías de Brodway”  en la que Fred Aisteire trataba de luchar contra su decadencia profesional y la imperial Chyd Charisse mostraba las más esplendorosas piernas del cine.
Durante no pocos años ignorado por los sesudos críticos, el tiempo revitalizaría su obra cuando no pocos analistas señalaron una constante temática de sus realizaciones: la presencia de un protagonista idealista que lucha por conseguir realizar sus sueños, con desigual fortuna en función del tono del filme en cuestión. Esta realidad supo mostrar que, por encima de las imposiciones del sistema, este hombre criado en el teatro, padre de Liza Minnelly y desdichado esposo d e la aún mas desdichada Judy Garland, pertenecía al grupo selecto de los creadores cinematográficos con un universo personal.
Aunque tradicionalmente identificado con el género musical, las habilidades de Minnelli se manifestaron si cabe de forma más brillante en el melodrama y la comedia sofisticada, o siendo más precisos en dos indiscutibles hitos del cine de los años 50, la desgarradora  “Cautivos del Mal” y la inolvidable  “Mi desconfiada esposa”. La primera tomaba como indiscutible aunque no acreditada referencia al legendario productor David O Selnick, a través una vigorosa interpretación de Kirck Douglas y nos sumergía en la fascinante historia de un productor tan ambicioso y brillante como inescrupuloso capaz de cualquier manipulación tanto profesional como emocional, con tal de ver reflejados sus sueños creativos en la pantalla. La segunda narraba con un estilo y gracias destacables la peculiar historia de amor entre un periodista deportivo (Gregory Peck) y una sofisticada diseñadora (Lauren Bacall) en la que la contraposición de caracteres, estilos de vida y ambientes era la excusa perfecta para plantear situaciones cómicas. A Minnelly cabe reconocerle el mérito de afrontar sin salir especialmente mal parado, la ardua tarea de adaptar todo un clásico de la literatura francesa y mundial “Madame Bobary” que merece de mucho más reconocimiento del otorgado en su día y que incluye una de las escenas de bailes más memorables de la historia, en la que la situación dramática va progresivamente alcanzado un clímax sólo al alcance de los mejores realizadores.
Como todos los directores de su generación fue víctima de los cambios operados en la industria, y nunca pudo reponerse del todo del error estratégico cometido al rechazar dirigir la adaptación al cine del gran éxito escénico “My Fair Lady” que terminó realizando  George Cukor, otro consumado estilista. No deja de ser metafórico que su última gran película se tratase de la crepuscular “Dos semanas en la otra ciudad”, en la Kirck Douglas volvía a ponerse a sus órdenes, en esta ocasión para encarnar a un depresivo y atormentado actor en decadencia que trata de recomponer su vida y carrera rodando un sub-producto europeo en la Roma de Cinecitta, auténtico cementerio de elefantes de los viejos astros del pasado, cruel metáfora del paso del tiempo y de los cambios en la industria que relegaban a los triunfadores mostrados en “Cautivos del Mal” a sobrevivir en la vieja Europa cuando no en la televisión. No deja de ser significativo que años más tarde Minnelly despidiese su carrera con la peor película que jamás filmó, “Nina”, vehículo de lucimiento para su hija, la entonces mega-estrella Liza Minnelly, atrozmente montada y mutilada por sus productores y consecuentemente filmada en la capital italiana.

jueves, 29 de noviembre de 2012

CREADORES






Interesante investigación sobre el oficio de escritor visto en forma de bien trazado rompecabezas a través de tres historias unidas de forma un tanto insólita. La ambición por ser famoso y romper los mercados frente a la creación literaria como forma de expresión personal mas allá del gusto del público ha sido un debate nunca cerrado en el mundo literario..
El Ladrón de Palabras incide en esa cuestión con un planteamiento atípico, tal vez mejor intencionado que resuelto, aunque no por ello carente de interés. También aborda el siempre crudo tema del plagio, nunca resuelto de forma definitiva en cuanto a los literatos de mas éxito..
Las vidas de sus protagonistas giran en torno a la escritura: el fracaso o éxito de los seres que poblan la pantalla depende del azar de los gustos del público, y en uno de los casos la trasteienda del éxito es un fraude que sólo el propio interesado conoce. .
Bien interpretada en lineas generales, sobresale un excelente Jeremy Irons, actor irregular aunque en ocasiones ciertamente inspirado..

jueves, 15 de noviembre de 2012

SIN FECHA DE CADUCIDAD


Resulta encomiable la resistencia de la saga peliculera más famosa de la historia a dejarse vencer por el paso del tiempo. Cuando se cumplen 50 años de su estreno en las pantallas, lo que parecía un producto coyuntural de los 60 se ha convertido en una franquicia inagotable que logrado superar nada menos que seis intérpretes y su continua adaptación a los gustos del público.
La habilidad de los productores de la saga siempre ha sido adaptar las historias a las características del actor elegido para encarnar al agente, desde el acierto de Sean Connery al comienzo de su andadura. Con Roger Moore la saga derivó a la comedia y el espectáculo familiar y con Pierce Bosman se cultivó el tecno-film puro y duro en el que el despliegue de medios se combinaba con el carisma de su protagonista. Daniel Craig ha supuesto la vuelta a la fórmula ya intentada con irregulares resultados en los dos películas de Thimoty Dalton: Bond se ha vuelto más oscuro y su ironía jocosa ha derivado en una violencia soterrada que esconde ciertos fantasmas personales. Craig es, con Dalton, el protagonista menos atractivo de la serie; pero parece el Bond mas real y menos fantasioso. Su violencia es cruda y su ausencia de sentimientos como asesino que es, se matiza por un lado más vulnerable a la hora de ejecutar un trabajo con ciertos aires siniestros. Como se ha señalado con acierto por varios críticos la influencia del universo Batman de Christopher Nolam se vislumbra en estos últimos títulos.
Mucho se ha hablado del papel de Javier Bardem en la cinta. Cumple, desde luego, pero hay cierta tendencia al exceso a la que el intérprete español nos tiene acostumbrados. Su villano tiene un aire más real que la media del extenso catálogo de dementes que desfilan en el universo bondiano. Pero no nos hace olvidar a los Goldfinger o "Tiburón" de turno.
Skyfall permitirá a la franquicia vivir varios años más. Su extensa duración apenas se nota. Eso es sinónimo de saber hacer del director, que logra un retrato convincente de situaciones y personajes que escapan del estereotipo.
A esperar mas

viernes, 12 de octubre de 2012

CUARENTA AÑOS DE UN MITO

En 1969 se publicaba un libro que narraba la cruelísima historia de una familia de mafiosos italo-americana en el Nueva York de la postguerra mundial. Su autor Mario Puzo, lo había redactado sin mas interés que ganar dinero y saldar las ingentes deudas que su afición al juego le creaban. Incluso antes de acabar el libro había vendido los derechos de su adaptación al cine a Robert Evans, nuevo jefe de Producción de la Paramount, que un año después lograría un taquillazo con la lacrimógena "Love Story".
"El Padrino" fue un super-ventas inmediato y los legendarios estudios dieron luz verde al proyecto. Sin embargo cuando Evans inició la preparación del filme se encontró con el rechazo de varios directores que consideraban la novela una narración comercial y casi obscena al estilo de los best-sellers de Harold Robbins. Además, la mafia como argumento para la gran pantalla había entrado en decadencia desde el fin de los legendarios productos de la Warner de los años 30 protagonizados por James Cagney o Bogart. Incluso una producción reciente de la misma temática "Mafia" dirigida por Martin Ritt y protagonizada por Kirk Douglas se había estrellado en taquilla. Pero Evans tenía claro que el motivo del fracaso de las películas que retrataban el hampa italo-americana era que había sido, con frecuencia, escritas, dirigidas y protagonizadas por judíos. "El Padrino" tenía que "oler a espaguetis" y eso implicaba un director italo-americano. Peter Bart, su ayudante más cercano puso sobre la mesa el nombre de Francis Ford Coppola, que no fue del agrado de Evans: "ese tío está loco"; "sí" respondió Bart "pero es un genio".
En realidad la carrera de Coppola era lo menos parecida a la de un realizador con olfato comercial. Ninguna de sus películas había sido rentable, aunque "Llueve sobre mi corazón" había logrado la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián y un cierto reconocimiento crítico. Formado en la escuela de Roger Corman, su sueño era constituir una productora independiente "American Zeotrope" en San Francisco alejado de los cauces habituales del cine de Hollywood. Y, para colmo, no quería dirigir la película que consideraba denigrante para la imagen de la comunidad italo-americana. Pero era un director barato y su amigo George Lucas le convenció que aceptara simplemente para ganar dinero.
Coppola y Puzo empezaron a pulir el guion y la atención se centró en la selección del actor para encarnar al personaje clave de la película; el jefe de la familia sobre el que giraba la trama cuya presencia era esencial para el éxito de la película. Don Corleone, un mafioso de apariencia noble y bondadosa, pero implacable a la hora de ejecutar a sus rivales y extender su imperio, que desde la nada había creado una red criminal que dominaba Nueva York estaba basado libremente en la figura del mafioso Frank Costello aunque, al contrario de lo que se suele pensar, Puzo no había hecho un estudio de investigación riguroso sobre el mundo de la Mafia y la novela era en gran medida producto de su imaginación. Aunque Don Corleone aparecía sólo en parte de la novela y en la misma tomaba una importancia capital su hijo Michael, heredero contra pronóstico de su legado, era evidente que su presencia debía de impregnar todo el entorno de la filmación. Coppola y Puzo concluyeron que sólo había un actor en Estado Unidos capaz de irradiar la personalidad suficiente para tal misión y no era otro que Marlon Brando. Paramount se negó en redondo a tal propuesta. Brando era un ídolo en decadencia, no tenía la edad para encarnar a un anciano y se había granjeado una merecida fama de actor conflictivo capaz de hundir cualquier rodaje. La opción de Laurence Olivier tomó fuerza, pero su delicado estado de salud le hizo decantarse por no trasladarse a América y protagonizar en Inglaterra “La Huella” junto a Michael Caine, otra obra maestra. Los directivos aceptaron a Brando con unas condiciones que consideraban una trampa para impedir la presencia del intérprete: debería de someterse a una prueba y además rebajaría su sueldo y cobraría de los beneficios del film. Para sorpresa de todos Brandó aceptó rebajar su caché y se sometió a una prueba que dio resultados asombrosos; el papel era suyo. Coppola también tuvo que luchar de forma intensa para darle el papel de Michael a Al Pacino, un actor de teatro que no había convencido a nadie en las pruebas pero que consideraba físicamente perfecto para encarnar al astuto hijo del mafioso. Y también logró imponer su criterio al mantener la acción en el Nueva York de los 40, como en la novela, y no trasladarla al San Francisco de los 70 como pretendía Paramount para ahorrar costes en diseño de producción. El comienzo de rodaje fue, sin embargo, desastroso. Brando no recordaba sus diálogos y Coppola entró en conflicto con el director de fotografía. En las oficinas de la productora se empezó a barajar la posibilidad de sustituir al realizador por el veterano Elia Kazan y reconducir la situación. Pero todo se solucionó y la película pudo filmarse aunque superó con creces el coste previsto.
Para lo que nadie estaba preparado era para la maestría con la que se finalizaría la cinta que pasó a integrase entre los grandes hitos, no sólo del cine americano, sino de la propia cultura del siglo XX. Sus memorables diálogos, la intensidad de su violencia, las interpretaciones sencillamente magistrales de un reparto casi al 100% masculino y la fascinante historia reconducida por Coppola a una tragedia de tintes shakesperianos, hicieron de “El Padrino” un taquillazo reconocido de forma unánime como obra maestra del cine y dotó al subgénero del cine de “gansters” de un prestigio que se extendió durante no pocas épocas. Convertida en cruel metáfora sobre el sueño americano (el éxito de un inmigrante a través del delito) así como un micro somas asombroso de la familia como círculo cerrado de lealtades inquebrantables su leyenda persiguió a Coppola durante toda su carrera y dio lugar a dos continuaciones no menos magistrales (en especial la segunda, con toda certeza una de las cinco mejores películas de la historia) que se convirtieron en icono del séptimo arte.

miércoles, 10 de octubre de 2012

DESDE ROMA CON AMOR


Nueva guía turística del genio de Manhattan, en esta ocasión por la llamada Ciudad Eterna. Cuatro historias entremezcladas con resultados irregulares aunque con un tono general aceptable.
La de Roberto Benini nos habla de lo vacío de la fama, la protagonizada por Allen de las sinrazones y los ridículos que los presuntos "innovadores" pueden llegar a priducir, la que tiene como referente a Alec Baldiwn tien la carga psicoanalítica in negociable en toda película del neoyorkino. Por último Penélope Cruz luce su esplendor físico en la cuarta, tan inverosímil como en ocasiones divertida.
"Desde Roma con Amor" se sitúa en una media superior a los recientes trabajos de Allen. Tal vez al dividir el guión en cuatro situaciones diversas, el cierto agotamiento del director se diluye más fácilmente. Los cineasta clásicos creían que las películas por episodios no permitían desarrollar una historia en condiciones. En el caso de Woody Allen , la reiteración en sus argumentos hacía buena parte de su masiva producción bastante previsible. Al trocear la historia en cuatro partes aceptables la película se hace más llevadera. Hay momentos divertidos que recuerdan los mejores tiempos del autor de "Poderosa Afrodita" o "Balas sobre Broadway"
Se deja ver, en definitiva

CONTEMPLACIÓN SIN FISURAS


No es una película fácil. Es probable que logre aburrir al espectador. Pero al mismo tiempo el retrato que Trueba consigue del escultor y su musa tiene mucho de fascinante, de reflexión sobre el arte o al menos la condición de artista. Es un filme complicado, ambicioso y que no deja indiferente. Puede parecer contradictorio. O aburre o fascina. El caso es que en mí consigue ese impacto. Trueba comenzó su carrera con cine muy comercial y alcanzó su momento álgido con la muy simpática "Belle Epoque". Desde entonces una cierta desorientación ha caracterizado a su cine, cada vez más enfocado hacia la autoría alejada del gran público, muy al contrario de los inicios del cineasta. El artista es un espléndido Jean Rochefort, está en la recta final de su carrera y de su propia vida. Ya nada parece importarle, ni siquiera el desarrollo de la Guerra tan terrible que se está librando. Es un producto de otra época y su arte ha ido consumiéndose a medida que su fuente de inspiración (Claudia Cardinale) envejecía. Cuando ya nada le ata a este mundo aparece alguien joven, con un cuerpo capaz de inspirarlo, y vuelve a trabajar, a sentir que un motivo justifica su existencia. Quizá le falta garra a una historia que se vuelve demasiado contemplativa para atraparnos. Pero esa pausa está muy buscada por el director, tal vez decidido a dar su muy peculiar visión de la condición de creador. A nadie dejará indiferente.