En una tienda de segunda mano me hago con "Lobos Marinos" de Andrew V Maclaglen, con David Niven, Gregory Peck y Roger Moore. La película pude que sea perfectamente olvidable , sin ningún mérito más allá de pasar un rato razonablemente entretenido. Pero hay algo en ella de entrañable, de reencuentro con viejos amigos que han llenado muchas horas de cine de la infancia o adolescencia.
El proceso por el cual uno se engancha al cine no comienza con grandes películas. Su inicio es más modesto, y se fundamenta en no pocas sesiones de películas de aventuras plagadas de rostros conocidos en la época. A partir de ahí uno inicia un proceso en el que va aumentando poco a poco sus expectativas y accediendo a obras de más calado que le convierten definitivamente en un fanático del celuloide. Pero los primeros coqueteo con la ficción en la pantalla dejan un recuerdo imborrable.
En estos "Lobos Marinos" se aprecia una realización rutinaria, algo así como una reunión de veteranos para pasar un buen rato. Peck era una leyenda del cine en su recta final, Niven un rostro clásico desde tres décadas reducido en sus últimos años a repetir insistentemente el mismo papel de impecable caballero inglés, generalmente con pasado militar y Moore era el actor más popular del momento (año 1980) puesto que en esos momentos encarnaba a James Bond.
Para el público que se mueve entre los 40 y los 50 Roger Moore requiere un apartado especial. Cualquiera que se acerque a su figura se encontrará con una escasa valoración de su trabajo como actor. Nunca se le consideró como uno de los mejores Bond y sus capacidades como intérprete siembre han sido minusvaloradas. Pero es uno de esos tipos que han sabido hacer muy bien lo que sabían. Nadie en los años 70 pensaba que 007 podía subsistir sin Connery, tras el fallido experimento de George Lazenby, pero la entonces estrella televisiva lo consiguió, manteniendo el rendimiento en taquilla de la serie. En realidad pertenecía a esa estirpe de intérpretes propia de otra época: medianos actores con buena presencia y oficio tras la cámara. Con su flema inglesa, sus contestaciones irónicas y ese convencimiento de que siempre iba a acostarse con la guapa de turno, desprendía una simpatía natural a fecha de hoy inexistente en muchos actores, superiores a él en técnica y registros, por descontado, pero carentes del carisma para encandilar a los menos legos en la materia. Incluso cuando Albert Broccoli se empeñó en que siguiera encarnado al agente secreto más famoso del mundo cuando sus arrugas y michelines le situaban más cerca de uno de esos playboys cincuentones con mucha cartera, que de una implacable espía.
Al cine de hoy en día quizá le falte naturalidad. La sociedad ha evolucionado y es mucho mas compleja, las películas, por ende también. Al perder esa frescura es raro que cualquier producto de entretenimiento sin pretensiones, no le falte un cierto aire de trascendencia que le resta atractivo. "Lobos Marinos" me ha transportado a esas sesiones de sábado por la tarde en las que el tránsito de la comida a la merienda era más llevadero gracias a este tipo de películas.






