sábado, 25 de febrero de 2012

STANLEY DONEN: EL GRAN OLVIDADO


Los Oscars Honoríficos suelen paliar notables injusticias de la legendaria ceremonia con el premio a toda una trayectoria que, paradójicamente, no se vio compensada con la preciada estatuilla por alguna de sus obras. Actores y directores memorables obtienen este premio de consolación cuando a otros nombres olvidables se les condecora por obras más que discutibles. Desconozco el efecto que sobre los `premiados ejerce ese reconocimiento tardío de su talento, pero en pocas ocasiones la gracia ha acompañado tanto la entrega de un premio como en el caso de Stanley Donnen. Su baile delante de todo el Auditorio bien merece pasar a los mejores momentos de una ceremonia que siempre ha combinado momentos plúmbeos y farragosos con otros emotivos.
De siempre se recuerda que Orson Welles dirigió “Ciudadano Kane” con sólo 25 años y se olvida que Donen codirigió con Gene Kelly con sólo dos años más esa inmemorial joya del cine llamada “Cantando bajo la Lluvia” palmariamente homenajeada por la reciente “The Artist”. Stanley Donen fue maestro indiscutible en el género musical y cuando éste cayó en decadencia se reveló como un cultivado especialista en la comedia, género muy difícil e ingrato, en cuanto el tremendo talento que implica no suele ser reconocido por los sesudos críticos y expertos del ramo, que premian y ensalzan una y otra vez dramones, unos mejores que otros, pero que casi nunca saben apreciar la elegancia en la puesta en escena, la capacidad de mantener el ritmo narrativo y la esforzada dirección de actores que requieren los cultivadores del género que pretende arrancar la sonrisa del espectador.
Ya sus musicales se caracterizaron por un trasfondo más profundo del habitual, en la mencionada cinta del 52 se reflexionaba sobre el tránsito del cine mudo al sonoro, era cine dentro del cine, con una gozosa partitura mientras que en la posterior y olvidada “Siempre hace buen tiempo” se mostraba el doloroso efecto del paso del tiempo en la amistad, la sensación que los buenos tiempos no volverán nunca y la nostalgia por todos vivida que aquellas relaciones que tanto nos llenaron han quedado en el vacío más absoluto. Esos matices se pueden también apreciar en su debut “Un día en Nueva York” un canto a la necesidad de vivir el momento y aprovechar al máximo los instantes de felicidad que tan rápido se esfuman.
Esta brillante combinación de comedia y drama, el tránsito de la alegría a la amargura y la inevitable percepción que el paso del tiempo marchita el amor surgido en su día se manifiesta en su esplendor en su obra maestra “Dos en la carretera” , la mejor reflexión nunca hecha por nadie ene una pantalla sobre esa institución llamada matrimonio y que a través de un maravilloso guion de Frederick Raphael transita a través de diversos flash-backs por el itinerario emocional de una pareja durante sus viajes en Francia en las diversas etapas de su relación: el enamoramiento, la consolidación del matrimonio y la final degradación del mismo. Con el trasfondo de una inolvidable banda sonora de Henry Manciny, y con la mejor labor de montaje que uno pudiera recordar, los rostros de Audrey Hepburn y Albert Finney transitaban por las carreteras francesas con una autenticidad sólo al alcance los realmente grandes.
Anteriormente se había lanzado a copiar al Hitcothck de “Atrapa a un Ladrón” con dos comedias policiacas llenas de viveza y simpatía; “Charada” y “Arabesco” de inevitable recuerdo para todos aquellos que disfrutaban de la presencia de grandes estrellas en la pantalla: Cary Grant, Sophia Loren. Gregory Peck o la misma Hepburn llenaban la misma con su personalidad, simpatía, belleza y talento. Pero eran los años 60, la década en la que el viejo Hollywood empezaba a desmoronarse y los gustos del público derivaban hacia otro tipo de cine. Como a tantos compañeros de generación los nuevos tiempos le resultaron especialmente difíciles y su cine cayó en la indefinición: el mantenimiento de su viejo estilo con las nuevas tendencias no resultó muy factible y sus producciones de los 70 cayeron en el olvido crítico-comercial (“Lucky Lady”; “El Principito” “Moviola”) hasta el punto que su despedida del cine fue a través de una divertida pero menor película de enredos amorosos protagonizada por el siempre solvente Michael Caine, “Lío en Río”. Desde entonces se apartó de una industria que siempre le había minusvalorado, no en vano jamás fue candidato a `premio de la Academia alguno hasta que en 1998 ante las nuevas generaciones pareció un ancianito que tras la simpatía y originalidad de su agradecimiento escondía una de las mejores trayectorias de la historia del cine.

lunes, 13 de febrero de 2012

ARRIBA Y ABAJO


Arriba los Bellamy, distinguidos miembros de la "upper-class" británica de comienzos del siglo XX. Abajo, la servidumbre comandada por el inefable Hudson, el perfecto mayordomo, aquél con el que toda mansión sueña para organizarla.

La serie se extendió cinco temporadas. Cada cual mejor, o al menos tan buena como la anterior. Sus guiones eran de lujo: sutiles, elegantes, dramáticos e irónicos. Los personajes estaban diseñados de forma precisa: el alocado hijo militar, el impecable aunque dubitativo parlamentario, la elegante esposa, el abnegado y hasta sumiso mayordomo, la entrañble cocinera, los soñadores jóvenes que esperaban dejar el servicio algún día. Y los actores, no especialmente conocidos, eran memorables todos ellos

"Arriba y Abajo" es una pieza de museo de la historia televisiva. Se puede decir que hay un antes y un después de ella. Demostró por primera vez en la historia del joven medio que existía la posibilidad de crear series de calidad equiparables a las grandes películas. Muchos seriales de aquellos años no han resistido bien el paso del tiempo y a fecha de hoy producen la simpatía propia de ver lo trasnochado que resultan vistos en la actualidad,como aquello que tanto enganchó en su día apenas ha dejado huella como curiosidad nostálgica. Pero las desventuras de los señores y criados de Eaton Pleace siguen estandio vigentes, no han perdido un ápice de su interés y su influencia se mantine en películas como "Godsforf Park" o la reciente "Downton Abbey". Su visión resulta un deleite para las nuevas generaciones en una época en el que el auténtico talento creativo se ha trasladado al medio televisivo. No era así en 1974. De ahí el mérito de esta serie inolvidable.

¿ALGUIEN NO SE RECONOCE?


Alexander Payne es un cineasta directo, gustoso de recrear en la pantalla situaciones cotidianas revestidas de un aire trágico. Y para ello no duda en descender a la tierra todo el aura de una gran mega-estrella. Si en "A propósito de Smith" la amargura de un jubilado que se daba cuenta de la fatuo de su existencia tenía el rostro de el rey del histrionismo, Jack Nicholson, en "Los Descendientes" el tormentoso itinerario de un exitoso abogado que percibe todas las carencias de su en principio idílica vida, tiene las maneras, estilo y capacidad interpretativa de George Clooney.

El tema no es novedoso: detras de las pariencias se esconden realidades mas bien penosas, frustraciones reprimidas y vacios apenas disimulados. Pero el mérito de Payne se encuentra en conseguir una completa identificación del espectador con sus criaturas, el hacernos cómplices de sus entrañables carencias, tan comunes a todos nosotros. Su capacidad de introspección y disección de personajes permite acomodarnos a lo largo de la narración en la que no pasa nada extraordinario, pero que nos engancha irremediablemente ya que las situaciones a las que se enfrentan los protagonistas de este singular drama están cargadas de veracidad, a todos nos permite reconocernos en algún momento de nuestras vidas y nos resulta fácil pensar o sentir que nuestras reacciones no hubiesen sido muy distintas en idénticas circunstancias.
Con un excelente guión que maneja con maestria el equiibrio entre el drama y los toques de comedia, la simpatía por el cuadro humano que se nos presenta no sería posible sin la participación de los excelentes actores que pueblan la pantalla. Y como en la notoria "Up in the Air" Clooney vuelve a bordarlo, al dejar atras todo su innegable glamour y moverse en la pantalla con una naturalidad sólo al alcance de los grandes. El Oscar es suyo y sólo suyo. Sin olvidar al resto del reparto que no le va a la zaga, ni mucho menos, y que merece al menos el mismo reconocimiento.

jueves, 2 de febrero de 2012

AUTORES.....


En los lejanos años 50 un grupo de críticos franceses revolucionarios creó la llamada "teoría del autor" para distinguir a aquellos cineastas capaces de tener un estilo muy personal y trasladar a la gran pantalla su propio universo que los distinguía del resto de simples directores que cumplían con devoción artesanal el noble ofcio de contar una historia.A ese carro se subieron, junto con realizadores con poderosa personalidad, no pocos vendedores de humo o, simplemente, pretenciosos aspirantes a artistas "profundos" cuyas disquisiciones metafísicas encandilaron a la crítica más borrega durante no pocos años. El gran líder de esta peligrosa especie fue el insufrible Antonioni, aunque algunos títulos finales del otrora genio Federico Fellini, no desmerecían de tal calificación aunque por descontado no faltaban calificaciones de "obra maestra" a cualquier chorrada en imágenes encuadrable en las características del prestigioso cine autoral, tan común en festivales europeos y tan poco pródigo en las carteleras.

"Lucia y el sexo" cumple todos los requisitos del cine de "autor" en su versión más negativa: es un universo personal, que no nos interesa para nada, tiene atrevidas imágenes, que resultan más gotescas que rompedoras, trata de mostrarnos "algo", aunque suponemos que sólo el director y guionista del engendro saben exactamente lo que es, tiene intenciones de obra trangresora, de retrato de seres consumidos por el deseo sexual que les lleva a un laberinto de pasiones sin freno, aunque lo que único que nos queda del filme es lo buena que está Paz Vega en cueros a la que no le vá a la zaga Elena Anaya.
No niego que Julio Menem sea un artista con una peculiar forma de ver el arte y la vida. Pero pensar que sus sueños oníricos son atractivos de cara al espectador es algo muy distinto. La película en sí es un plomo de tomo y lomo y uno no deja de tener cierta lástima por unos actores cuyos papelones merecen varios premios "Razzies", aunque sus absurdos personajes ayudan lo suyo. Nadie saca conejos de la chistera de forma natural.
Aún habrá quien considere a esta abstracción como una muestra bellísima de cine al alcance de muy pocos, de ese que sólo algunos elegidos entienden. Sobre gustos no hay nada escrito ya se sabe, pero quien logre descifrar este sodoku en imágenes casi tiene que empezar a preocuparse.

CHISPAZOS DE TALENTO


Que Alex de la Iglesia es uno de los vaores mas seguros del cine español es algo asentodado desde hace varios años. En todoas sus realizaciones se puede percibir un sello personal e intransferible que nos evoca a los mejores momentos de la comedia negra, aun con los altibajos propios de todas sus películas. La constante es de todos conocida: sus grandes comienzos no suelen mantener el nivel el resto de la cinta aun sin caer en la ramplonería.

"La Chispa de la Vida" sin embrago denota cierto cansancio o al menos desprende un aire a fórmula agotada. En realidad nos encontramos con un "remake" encubierto de la excelente y muy olvidada "El Gran Carnaval" del maestro Wilder. Como en esta, la historia gira en torno a una tragedia humana convertida en espectáculo mediático, la crítica a la exaltación de la desgracia ajena en busca del titular de impacto, los oscuros intereses que rodean a los forjadores de la opinión pública y la desesperación por salir del atolladero del desempleo mediante la venta de la propia desgracia son expuestos de forma coherente y entretenida pero con la falta de inspiración suficiente como para dejar en el espectados la huella que probablemente desea. Al final del filme queda la sensación de haber asistido a un producto típico del cineasta, divertida a ratos y sin la fuerza dramática que sobre todo en la recta final se busca.
Hay que destacar sin duda, el buen papel de Jose Mota en una meritoria primera incursión en el mundo de la actuación que le hace situarse por encima del resto del reparto cuyos personajes resultan algo artificiales.