
En la fabulosa Doce Hombres sin Piedad, acaso la mejor película judicial jamás rodada, Henry Fonda trataba (y lograba) de convencer a un jurado escéptico de la duda razonable respecto de la inocencia de un chico de los barrios bajos acusado de un crimen del que todos le creen culpable sin pensar demasiado en la circunstancias del caso. Era un drama denso, oscuro, en el que una sala de deliberación era tratada como un escaparate de las debilidades humanas y las tensas relaciones que los seres humanos pueden tener en las situaciones en apariencia más civilizadas. En los doce miembros del jurado se podían encontrar todo un micro somas social: el acomplejado, el vengativo, el pasota, el racista, el analítico, el íntegro…….
Tan exitoso debut dejaba bien claro que el cine del recientemente fallecido cineasta americano no estaba hecho para las concesiones fáciles, ni para tratar temas banales. Con frecuencia Lumet llenó la pantalla de personajes que luchaban contra el sistema o sus propios demonios personales, con historias duras y escabrosas tales como la de su obra última, la maravillosa e inquietante Antes que el diablo sepa que has muerto. Aunque su trayectoria se vio lastrada por un buen puñado de filmes insustanciales, aunque en su mayoría dignos, sus mejores momentos merecen una atención destacada en el cine americano de varias décadas.
En Serpico, Al Pacino se enfrentaba a la corrupción del sistema policial y recibía un balazo, en Network un presentador trastornado era utilizado como carnaza para lograr índices de audiencia en una cinta de denuncia que se adelantó muchos años en mostrar el destino de la televisión, en Veredicto Final, Paul Newman mendigaba alcoholizado por las esquinas en busca de casos de poca monta hasta recoger, casi por casualidad, uno que le permitía su redención aún a costa de sufrir la traición y el acoso de los poderosos y Tarde de Perros tomaba como referencia un hecho real (el estrambótico atraco a un banco por parte de un homosexual que trataba de financiar la operación de cambio de sexo de su pareja) para mostrarnos un drama humano convertido en espectáculo cirquense. El príncipe de la ciudad y Distrito 34: Corrupción total incidían en la podredumbre interna de las instituciones, de los presuntos garantes del orden público con su lado más amargo y siniestro expuesto sin cortapisas; en definitiva que el mal, el fracaso y , también, por supuesto la redención son partes inseparables de la condición humana.
Cineasta sólido, con gusto por conseguir buenas interpretaciones y una puesta en escena rigurosa claramente heredada de años de trabajo al servicio de una industria a la que siempre fue rentable y que no le premió más que con un Oscar honorífico (de eso de consolación que se llaman) a pesar de haberle nominado en cuatro ocasiones para el premio, Lumet también era capaz de rodar entretenimientos solventes a los que supo dotar de un toque personal de profundidad en tramas de contenido meramente policiaco tal es el caso de una de las mejores adaptaciones de novelas de Agatha Christie jamás realizadas como Asesinato en el Oriente Express, o de la obra de Ira Levin La trampa de la Muerte en la que rompía el tabú del beso entre hombre en el cine. Era de los realizadores de la vieja escuela, nada aficionado al uso de efectos especiales, centrado en historias humanas de pretendido mensaje (unas veces más logradas, otras menos) peros siempre con el aroma de la profesionalidad y la solvencia de años dedicados a un oficio.
Con él se va uno de los cineastas que nunca hicieron la vista gorda ante el lado más oscuro del ser humano, sus angustias y frustraciones. En definitiva uno de los grandes
