lunes, 31 de octubre de 2011

SIDNEY LUMET: EL TALENTO DE LO OSCURO



En la fabulosa Doce Hombres sin Piedad, acaso la mejor película judicial jamás rodada, Henry Fonda trataba (y lograba) de convencer a un jurado escéptico de la duda razonable respecto de la inocencia de un chico de los barrios bajos acusado de un crimen del que todos le creen culpable sin pensar demasiado en la circunstancias del caso. Era un drama denso, oscuro, en el que una sala de deliberación era tratada como un escaparate de las debilidades humanas y las tensas relaciones que los seres humanos pueden tener en las situaciones en apariencia más civilizadas. En los doce miembros del jurado se podían encontrar todo un micro somas social: el acomplejado, el vengativo, el pasota, el racista, el analítico, el íntegro…….
Tan exitoso debut dejaba bien claro que el cine del recientemente fallecido cineasta americano no estaba hecho para las concesiones fáciles, ni para tratar temas banales. Con frecuencia Lumet llenó la pantalla de personajes que luchaban contra el sistema o sus propios demonios personales, con historias duras y escabrosas tales como la de su obra última, la maravillosa e inquietante Antes que el diablo sepa que has muerto. Aunque su trayectoria se vio lastrada por un buen puñado de filmes insustanciales, aunque en su mayoría dignos, sus mejores momentos merecen una atención destacada en el cine americano de varias décadas.
En Serpico, Al Pacino se enfrentaba a la corrupción del sistema policial y recibía un balazo, en Network un presentador trastornado era utilizado como carnaza para lograr índices de audiencia en una cinta de denuncia que se adelantó muchos años en mostrar el destino de la televisión, en Veredicto Final, Paul Newman mendigaba alcoholizado por las esquinas en busca de casos de poca monta hasta recoger, casi por casualidad, uno que le permitía su redención aún a costa de sufrir la traición y el acoso de los poderosos y Tarde de Perros tomaba como referencia un hecho real (el estrambótico atraco a un banco por parte de un homosexual que trataba de financiar la operación de cambio de sexo de su pareja) para mostrarnos un drama humano convertido en espectáculo cirquense. El príncipe de la ciudad y Distrito 34: Corrupción total incidían en la podredumbre interna de las instituciones, de los presuntos garantes del orden público con su lado más amargo y siniestro expuesto sin cortapisas; en definitiva que el mal, el fracaso y , también, por supuesto la redención son partes inseparables de la condición humana.
Cineasta sólido, con gusto por conseguir buenas interpretaciones y una puesta en escena rigurosa claramente heredada de años de trabajo al servicio de una industria a la que siempre fue rentable y que no le premió más que con un Oscar honorífico (de eso de consolación que se llaman) a pesar de haberle nominado en cuatro ocasiones para el premio, Lumet también era capaz de rodar entretenimientos solventes a los que supo dotar de un toque personal de profundidad en tramas de contenido meramente policiaco tal es el caso de una de las mejores adaptaciones de novelas de Agatha Christie jamás realizadas como Asesinato en el Oriente Express, o de la obra de Ira Levin La trampa de la Muerte en la que rompía el tabú del beso entre hombre en el cine. Era de los realizadores de la vieja escuela, nada aficionado al uso de efectos especiales, centrado en historias humanas de pretendido mensaje (unas veces más logradas, otras menos) peros siempre con el aroma de la profesionalidad y la solvencia de años dedicados a un oficio.
Con él se va uno de los cineastas que nunca hicieron la vista gorda ante el lado más oscuro del ser humano, sus angustias y frustraciones. En definitiva uno de los grandes

BLAKE EDWARS:EL GRAN CAMALEÓN


Pensemos en una comedia romántica y tendremos “Desayuno con Diamantes”, en un drama duro y desgarrador y probablemente nos venga a la mente “Días de vino y Rosas”; en un alarde de talento para el sketch cómico y todos recordaremos “El Guateque” o “La pantera Rosa”; si lo que buscamos es elegancia y sofisticación llegaremos a “Victor o Victoria” y si nos apetece acercarnos con ironía a la crisis de los 40 en el hombre podremos visionar “10, la mujer perfecta”.
Blake Edwards nunca gozó del prestigio crítico de otros coetáneos suyos más tendentes a desarrollar dramas presuntamente profundos como Sidney Lumet o Arthur Penn, pero en sus casi cuarenta años de carrera simbolizó una buena parte del mejor Hollywood: aquél que conjugaba el entretenimiento con la calidad, que no necesitaba ser necesariamente “serio” para dar obras maestras y el cineasta recientemente fallecido rodó varios filmes que si no llegan a esa categoría , al menos se le acercan mucho, pero que mucho. Como un Vincent Minnelly, un George Cuckor o un Billy Wilder fue un todo-terreno capaz de afrontar con solvencia cualquier tema al que acercarse: su producción alcanza esporádicas y no precisamente desacertadas incursiones en géneros tales como el western o la cinta de suspense.
Cierto es que en su extensa carrera se pueden encontrar realizaciones más bien aceptables, cuando no mediocres, en especial cuando una serie de fracasos comerciales a inicio de los años 70 le hizo refugiarse en la saga de la Pantera Rosa con unos resultados finales harto discutibles. El realizador supo reírse de sí mismo y saldar cuentas con el sistema que le había encumbrado al principio y marginado después con la muy destacable y casi olvidada S.O.B (1981) protagonizada por su musa y mujer en la vida real Julie Andrews, que como el personaje de dicha película, luchó toda su vida por desprenderse de la imagen ñoña que le había granjeado “Mary Poppins•” con la inestimable ayuda de su esposo que le dio papeles hasta sexys en “Darling Lili” (uno de su grandes fracasos), “La semilla del Tamarindo” (un nada despreciable acercamiento al espionaje) o la mencionada y espléndida “Victor o Victoria” que procuro al matrimonio sendas candidaturas al óscar (a ella como actriz y a él como guionista) y supuso su último gran éxito comercial amén de reconciliarle con la crítica que le había dado la espalda desde hace varios años.
De su mano no sólo la señora Edwards consiguió los mejores trabajos de su carrera Nunca estuvo Audrey Hepburn mas encantadora que en “Desayuno con Diamantes”, acaso su obra maestra, adaptación de la novela corta de Truman Capote que convirtió a miss Hepburn como un icono del cine, película divertida y amarga, elegante y trágica un ejercicio extraordinario de virtuosismo del entonces joven cineasta, en la que destacaba la inolvidable canción “Moon River” compuesta por el que sería colaborador eterno y auténtico co-autor de su filmes: el gran Henry Mancini. Tampoco cabía esperar mucho de Dudley Moore un olvidado cómico inglés que había dejado la interpretación por la música y que, de forma sorprendente, fue rescatado por Edwards para protagonizar “10, La Mujer Perfecta” ofreciendo un espléndido y divertido retrato de la crisis sexual del hombre. Y, cómo no, estuvo para siempre el gran Peter Sellers que consiguió inmortalizar al torpe e irritante inspector Clouseau, personaje que marcó la carrera de ambos y que sentó las bases de una relación amor-odio que se extendió a lo largo de dos décadas: Sellers siempre consideró que el éxito de Clouseau le esclavizó hasta impedirle realizar caracterizaciones más serias. De hecho, los dos trabajos que más le realizaron fueron sus dos candidaturas al Oscar: “Teléfono Rojo, ¿Volamos hacia Mocú?” y “Bienvenido Mr Chance” en las antípodas de sus trabajos con Edwards. Tanto uno como el otro no se soportaban, pero se necesitaban mutuamente para sobrevivir en la jungla hollywoodense. Y Jack Lemmon dio un espectacular cambio de registro interpretando a un agente de publicidad que contempla aterrorizado el progresivo hundimiento de su matrimonio en el infierno del alcoholismo. Quien le dirigía junto a Lee Remick no era otro que Blake Edwards
Con su muerte se cierra todo una época de la comedia americana, género cuyos mejores días quedan ya en el olvido y que tuvieron en Blake Edwards un cultivador casi siempre correcto, en ocasiones lúcido y en otras, más de lo que se le quiso reconocer, simplemente genial.