En 1969 se publicaba un libro que narraba la cruelísima historia de una familia de mafiosos italo-americana en el Nueva York de la postguerra mundial. Su autor Mario Puzo, lo había redactado sin mas interés que ganar dinero y saldar las ingentes deudas que su afición al juego le creaban. Incluso antes de acabar el libro había vendido los derechos de su adaptación al cine a Robert Evans, nuevo jefe de Producción de la Paramount, que un año después lograría un taquillazo con la lacrimógena "Love Story".
"El Padrino" fue un super-ventas inmediato y los legendarios estudios dieron luz verde al proyecto. Sin embargo cuando Evans inició la preparación del filme se encontró con el rechazo de varios directores que consideraban la novela una narración comercial y casi obscena al estilo de los best-sellers de Harold Robbins. Además, la mafia como argumento para la gran pantalla había entrado en decadencia desde el fin de los legendarios productos de la Warner de los años 30 protagonizados por James Cagney o Bogart. Incluso una producción reciente de la misma temática "Mafia" dirigida por Martin Ritt y protagonizada por Kirk Douglas se había estrellado en taquilla.
Pero Evans tenía claro que el motivo del fracaso de las películas que retrataban el hampa italo-americana era que había sido, con frecuencia, escritas, dirigidas y protagonizadas por judíos. "El Padrino" tenía que "oler a espaguetis" y eso implicaba un director italo-americano. Peter Bart, su ayudante más cercano puso sobre la mesa el nombre de Francis Ford Coppola, que no fue del agrado de Evans: "ese tío está loco"; "sí" respondió Bart "pero es un genio".
En realidad la carrera de Coppola era lo menos parecida a la de un realizador con olfato comercial. Ninguna de sus películas había sido rentable, aunque "Llueve sobre mi corazón" había logrado la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián y un cierto reconocimiento crítico. Formado en la escuela de Roger Corman, su sueño era constituir una productora independiente "American Zeotrope" en San Francisco alejado de los cauces habituales del cine de Hollywood. Y, para colmo, no quería dirigir la película que consideraba denigrante para la imagen de la comunidad italo-americana. Pero era un director barato y su amigo George Lucas le convenció que aceptara simplemente para ganar dinero.
Coppola y Puzo empezaron a pulir el guion y la atención se centró en la selección del actor para encarnar al personaje clave de la película; el jefe de la familia sobre el que giraba la trama cuya presencia era esencial para el éxito de la película. Don Corleone, un mafioso de apariencia noble y bondadosa, pero implacable a la hora de ejecutar a sus rivales y extender su imperio, que desde la nada había creado una red criminal que dominaba Nueva York estaba basado libremente en la figura del mafioso Frank Costello aunque, al contrario de lo que se suele pensar, Puzo no había hecho un estudio de investigación riguroso sobre el mundo de la Mafia y la novela era en gran medida producto de su imaginación. Aunque Don Corleone aparecía sólo en parte de la novela y en la misma tomaba una importancia capital su hijo Michael, heredero contra pronóstico de su legado, era evidente que su presencia debía de impregnar todo el entorno de la filmación. Coppola y Puzo concluyeron que sólo había un actor en Estado Unidos capaz de irradiar la personalidad suficiente para tal misión y no era otro que Marlon Brando.
Paramount se negó en redondo a tal propuesta. Brando era un ídolo en decadencia, no tenía la edad para encarnar a un anciano y se había granjeado una merecida fama de actor conflictivo capaz de hundir cualquier rodaje. La opción de Laurence Olivier tomó fuerza, pero su delicado estado de salud le hizo decantarse por no trasladarse a América y protagonizar en Inglaterra “La Huella” junto a Michael Caine, otra obra maestra. Los directivos aceptaron a Brando con unas condiciones que consideraban una trampa para impedir la presencia del intérprete: debería de someterse a una prueba y además rebajaría su sueldo y cobraría de los beneficios del film. Para sorpresa de todos Brandó aceptó rebajar su caché y se sometió a una prueba que dio resultados asombrosos; el papel era suyo.
Coppola también tuvo que luchar de forma intensa para darle el papel de Michael a Al Pacino, un actor de teatro que no había convencido a nadie en las pruebas pero que consideraba físicamente perfecto para encarnar al astuto hijo del mafioso. Y también logró imponer su criterio al mantener la acción en el Nueva York de los 40, como en la novela, y no trasladarla al San Francisco de los 70 como pretendía Paramount para ahorrar costes en diseño de producción. El comienzo de rodaje fue, sin embargo, desastroso. Brando no recordaba sus diálogos y Coppola entró en conflicto con el director de fotografía. En las oficinas de la productora se empezó a barajar la posibilidad de sustituir al realizador por el veterano Elia Kazan y reconducir la situación. Pero todo se solucionó y la película pudo filmarse aunque superó con creces el coste previsto.
Para lo que nadie estaba preparado era para la maestría con la que se finalizaría la cinta que pasó a integrase entre los grandes hitos, no sólo del cine americano, sino de la propia cultura del siglo XX. Sus memorables diálogos, la intensidad de su violencia, las interpretaciones sencillamente magistrales de un reparto casi al 100% masculino y la fascinante historia reconducida por Coppola a una tragedia de tintes shakesperianos, hicieron de “El Padrino” un taquillazo reconocido de forma unánime como obra maestra del cine y dotó al subgénero del cine de “gansters” de un prestigio que se extendió durante no pocas épocas. Convertida en cruel metáfora sobre el sueño americano (el éxito de un inmigrante a través del delito) así como un micro somas asombroso de la familia como círculo cerrado de lealtades inquebrantables su leyenda persiguió a Coppola durante toda su carrera y dio lugar a dos continuaciones no menos magistrales (en especial la segunda, con toda certeza una de las cinco mejores películas de la historia) que se convirtieron en icono del séptimo arte.
REPASAMOS MÍTICAS PELÍCULAS, SERIES DE TELEVISIÓN, ACTORES, DIRECTORES Y ACTRICES QUE DEJARON UNA HUELLA INOLVIDABLE, ASÍ COMO LA ACTUALIDAD DEL SEPTIMO ARTE
viernes, 12 de octubre de 2012
miércoles, 10 de octubre de 2012
DESDE ROMA CON AMOR
La de Roberto Benini nos habla de lo vacío de la fama, la protagonizada por Allen de las sinrazones y los ridículos que los presuntos "innovadores" pueden llegar a priducir, la que tiene como referente a Alec Baldiwn tien la carga psicoanalítica in negociable en toda película del neoyorkino. Por último Penélope Cruz luce su esplendor físico en la cuarta, tan inverosímil como en ocasiones divertida.
"Desde Roma con Amor" se sitúa en una media superior a los recientes trabajos de Allen. Tal vez al dividir el guión en cuatro situaciones diversas, el cierto agotamiento del director se diluye más fácilmente. Los cineasta clásicos creían que las películas por episodios no permitían desarrollar una historia en condiciones. En el caso de Woody Allen , la reiteración en sus argumentos hacía buena parte de su masiva producción bastante previsible. Al trocear la historia en cuatro partes aceptables la película se hace más llevadera. Hay momentos divertidos que recuerdan los mejores tiempos del autor de "Poderosa Afrodita" o "Balas sobre Broadway"
Se deja ver, en definitiva
CONTEMPLACIÓN SIN FISURAS
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