El sistema de estudios
que dominó la industria del cine hasta los años 60 tuvo numerosas virtudes,
entre ellas el dar a realizadores con potencial el soporte necesario para
desarrollar sus aptitudes a través de equipos de colaboradores permanentes y
las dosis de libertad creativa necesaria para regalar al espectador el transporte
hacía la fantasía. Cierto es que los imperativos comerciales lastraban en
ocasiones la pretendida autoría de los cineastas, pero justo es reconocer que
las rígidas estructuras de las grandes majors
favorecieron la creatividad de no pocos directores.
Tal vez Vincent Minnelli
sea el mejor ejemplo de esta tesis. Ligado casi toda su carrera a los poderosos
estudios Metro- Goldwing-Mayer, los inmensos medios que dispuso le permitieron
ser un renovador del género musical hasta dotarle de un prestigio antes
impensable. Ya desde esa innovadora y fascinante extravagancia, llamada “El Pirata” demostró un talento para la
inserción de los números musicales en la acción narrativa de una forma
sencillamente magistral. Estas constantes se manifiestan en su máximo esplendor
en la acaso sobrevalorada en su día y premiada “Un americano en París” y la excelente, irónica y entrañable “Melodías de Brodway” en la que Fred Aisteire trataba de luchar
contra su decadencia profesional y la imperial Chyd Charisse mostraba las más
esplendorosas piernas del cine.
Durante no pocos años
ignorado por los sesudos críticos, el tiempo revitalizaría su obra cuando no
pocos analistas señalaron una constante temática de sus realizaciones: la
presencia de un protagonista idealista que lucha por conseguir realizar sus
sueños, con desigual fortuna en función del tono del filme en cuestión. Esta
realidad supo mostrar que, por encima de las imposiciones del sistema, este
hombre criado en el teatro, padre de Liza Minnelly y desdichado esposo d e la
aún mas desdichada Judy Garland, pertenecía al grupo selecto de los creadores
cinematográficos con un universo personal.
Aunque tradicionalmente
identificado con el género musical, las habilidades de Minnelli se manifestaron
si cabe de forma más brillante en el melodrama y la comedia sofisticada, o
siendo más precisos en dos indiscutibles hitos del cine de los años 50, la
desgarradora “Cautivos del Mal” y la
inolvidable “Mi desconfiada esposa”. La
primera tomaba como indiscutible aunque no acreditada referencia al legendario
productor David O Selnick, a través una vigorosa interpretación de Kirck
Douglas y nos sumergía en la fascinante historia de un productor tan ambicioso
y brillante como inescrupuloso capaz de cualquier manipulación tanto profesional
como emocional, con tal de ver reflejados sus sueños creativos en la pantalla.
La segunda narraba con un estilo y gracias destacables la peculiar historia de
amor entre un periodista deportivo (Gregory Peck) y una sofisticada diseñadora
(Lauren Bacall) en la que la contraposición de caracteres, estilos de vida y
ambientes era la excusa perfecta para plantear situaciones cómicas. A Minnelly
cabe reconocerle el mérito de afrontar sin salir especialmente mal parado, la
ardua tarea de adaptar todo un clásico de la literatura francesa y mundial “Madame Bobary” que merece de mucho más
reconocimiento del otorgado en su día y que incluye una de las escenas de
bailes más memorables de la historia, en la que la situación dramática va
progresivamente alcanzado un clímax sólo al alcance de los mejores
realizadores.
Como todos los
directores de su generación fue víctima de los cambios operados en la industria,
y nunca pudo reponerse del todo del error estratégico cometido al rechazar
dirigir la adaptación al cine del gran éxito escénico “My Fair Lady” que terminó realizando George Cukor, otro consumado estilista. No
deja de ser metafórico que su última gran película se tratase de la crepuscular
“Dos semanas en la otra ciudad”, en
la Kirck Douglas volvía a ponerse a sus órdenes, en esta ocasión para encarnar
a un depresivo y atormentado actor en decadencia que trata de recomponer su
vida y carrera rodando un sub-producto europeo en la Roma de Cinecitta,
auténtico cementerio de elefantes de los viejos astros del pasado, cruel
metáfora del paso del tiempo y de los cambios en la industria que relegaban a
los triunfadores mostrados en “Cautivos del Mal” a sobrevivir en la vieja
Europa cuando no en la televisión. No deja de ser significativo que años más
tarde Minnelly despidiese su carrera con la peor película que jamás filmó, “Nina”, vehículo de lucimiento para su
hija, la entonces mega-estrella Liza Minnelly, atrozmente montada y mutilada
por sus productores y consecuentemente filmada en la capital italiana.
