
Pensemos en una comedia romántica y tendremos “Desayuno con Diamantes”, en un drama duro y desgarrador y probablemente nos venga a la mente “Días de vino y Rosas”; en un alarde de talento para el sketch cómico y todos recordaremos “El Guateque” o “La pantera Rosa”; si lo que buscamos es elegancia y sofisticación llegaremos a “Victor o Victoria” y si nos apetece acercarnos con ironía a la crisis de los 40 en el hombre podremos visionar “10, la mujer perfecta”.
Blake Edwards nunca gozó del prestigio crítico de otros coetáneos suyos más tendentes a desarrollar dramas presuntamente profundos como Sidney Lumet o Arthur Penn, pero en sus casi cuarenta años de carrera simbolizó una buena parte del mejor Hollywood: aquél que conjugaba el entretenimiento con la calidad, que no necesitaba ser necesariamente “serio” para dar obras maestras y el cineasta recientemente fallecido rodó varios filmes que si no llegan a esa categoría , al menos se le acercan mucho, pero que mucho. Como un Vincent Minnelly, un George Cuckor o un Billy Wilder fue un todo-terreno capaz de afrontar con solvencia cualquier tema al que acercarse: su producción alcanza esporádicas y no precisamente desacertadas incursiones en géneros tales como el western o la cinta de suspense.
Cierto es que en su extensa carrera se pueden encontrar realizaciones más bien aceptables, cuando no mediocres, en especial cuando una serie de fracasos comerciales a inicio de los años 70 le hizo refugiarse en la saga de la Pantera Rosa con unos resultados finales harto discutibles. El realizador supo reírse de sí mismo y saldar cuentas con el sistema que le había encumbrado al principio y marginado después con la muy destacable y casi olvidada S.O.B (1981) protagonizada por su musa y mujer en la vida real Julie Andrews, que como el personaje de dicha película, luchó toda su vida por desprenderse de la imagen ñoña que le había granjeado “Mary Poppins•” con la inestimable ayuda de su esposo que le dio papeles hasta sexys en “Darling Lili” (uno de su grandes fracasos), “La semilla del Tamarindo” (un nada despreciable acercamiento al espionaje) o la mencionada y espléndida “Victor o Victoria” que procuro al matrimonio sendas candidaturas al óscar (a ella como actriz y a él como guionista) y supuso su último gran éxito comercial amén de reconciliarle con la crítica que le había dado la espalda desde hace varios años.
De su mano no sólo la señora Edwards consiguió los mejores trabajos de su carrera Nunca estuvo Audrey Hepburn mas encantadora que en “Desayuno con Diamantes”, acaso su obra maestra, adaptación de la novela corta de Truman Capote que convirtió a miss Hepburn como un icono del cine, película divertida y amarga, elegante y trágica un ejercicio extraordinario de virtuosismo del entonces joven cineasta, en la que destacaba la inolvidable canción “Moon River” compuesta por el que sería colaborador eterno y auténtico co-autor de su filmes: el gran Henry Mancini. Tampoco cabía esperar mucho de Dudley Moore un olvidado cómico inglés que había dejado la interpretación por la música y que, de forma sorprendente, fue rescatado por Edwards para protagonizar “10, La Mujer Perfecta” ofreciendo un espléndido y divertido retrato de la crisis sexual del hombre. Y, cómo no, estuvo para siempre el gran Peter Sellers que consiguió inmortalizar al torpe e irritante inspector Clouseau, personaje que marcó la carrera de ambos y que sentó las bases de una relación amor-odio que se extendió a lo largo de dos décadas: Sellers siempre consideró que el éxito de Clouseau le esclavizó hasta impedirle realizar caracterizaciones más serias. De hecho, los dos trabajos que más le realizaron fueron sus dos candidaturas al Oscar: “Teléfono Rojo, ¿Volamos hacia Mocú?” y “Bienvenido Mr Chance” en las antípodas de sus trabajos con Edwards. Tanto uno como el otro no se soportaban, pero se necesitaban mutuamente para sobrevivir en la jungla hollywoodense. Y Jack Lemmon dio un espectacular cambio de registro interpretando a un agente de publicidad que contempla aterrorizado el progresivo hundimiento de su matrimonio en el infierno del alcoholismo. Quien le dirigía junto a Lee Remick no era otro que Blake Edwards
Con su muerte se cierra todo una época de la comedia americana, género cuyos mejores días quedan ya en el olvido y que tuvieron en Blake Edwards un cultivador casi siempre correcto, en ocasiones lúcido y en otras, más de lo que se le quiso reconocer, simplemente genial.
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