
Tuvo un gran éxito durante no pocas temporadas. Como en tantas otras series unos buenos comienzos terminaron en un alargamiento superficial y carente de sentido.
La serie retoma el tono blando de muchos productos de Globomedia aunque salpicados por una cierta ironía. El reparto ya no incita al optimismo: actores que rozan la treintena hacen de adolescentes.
El soporte argumental es la contradicción que surge de la unión entre un tosco tabernero viudo y una sofisticada divorciada. Él con hijos y ella con hijas. Lo cierto es que los guiones no eran un prodigio de originalidad. Siempre era el mismo esquema: un miembro de la panda con buena intención provoca un equívoco que genera situaciones cómicas. Las series necesitan tener una unidad para atraer al espectador y fidelizarle, pero dentro del mismo tono puede haber variables.
Los actores no andan muy sobrados. Resines parece aburrirse mucho, repite los mismos gestos y ni siquiera se esfuerza en parecer gracioso. Bonilla está insoportable, excesivo e histriónico casi al borde de provocar la vergüenza ajena (en más de una ocasión la serie cae en ella). Lo mejor Antonio Molero; su Fiti salvó no pocos capítulos aunque terminó por cansar algo con gracias muy repetidas.
Los niños son lo peor se la serie (y hay mucho malo). El empeño por cubrir todos los sectores de la audiencia no puede forzar a machacar a algunos chavales de esa forma. sus tramas son sencillamente in-su-fri-bles.
En ella aparecían viejas glorias de nuestra comedia como Alfredo Landa y López Vázquez. Se lo podían haber ahorrado. La presencia de grandes actores en personajes prescindibles nunca es agradable de ver.
Su final dio mucho que hablar. Por absurdo.
Tuvo sus seguidores fieles. No buscaba otra cosa
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