jueves, 1 de diciembre de 2011

TESTAMENTO ETERNO


Para gran parte de la crítica, Sergio Leone no dejaba de ser la persona que había atentado contra las esencias del western, cuando en realidad fue el que lo salvó de la desaparición durante los años 60. Pero ese cineasta se pasó nada menos que quince años tratando de levantar la que iba a ser su obra maestra. A fe que lo consiguió.
"Erase una vez en América" no es sólo una gran película. Es un canto a la amistad, el paso del tiempo y los sueños frustrados. Es la peculiarísima visión de un europeo de América, de su condición de tierra en la que todo es posible y en las ambiciones más fabulosas se consiguen y evaporan en casi un instante.
Al contrario que "El Padrino" no se centra en la gran mafia sino en pequeños hampones con delirios de grandeza. En el itinerario de unos amigos se nos muestra una historia de amor y traición, extremadamente cautivadora por sus emociones y su violencia. La cinta nos engancha sin remisión en todo su extenso metraje.
Su estructura compleja, pero indispensable para el elemento poético del filme, permite introducir los saltos de tiempo con una maestría narrativa no vista desde "Cuidadano Kane" , "Forajidos" o "Eva al desnudo". Y los actores resultan memorables en especial De Niro (entonces extraordinario actor, lejos de la parodia de si mismo en que se convertiría) y el siempre solvente James Woods. Ah y no olvidemos a la entonces jovencísima, bellísima y tristemente pronto olvidada Elizabeth McGovern.

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