
Los Oscars Honoríficos suelen paliar notables injusticias de la legendaria ceremonia con el premio a toda una trayectoria que, paradójicamente, no se vio compensada con la preciada estatuilla por alguna de sus obras. Actores y directores memorables obtienen este premio de consolación cuando a otros nombres olvidables se les condecora por obras más que discutibles. Desconozco el efecto que sobre los `premiados ejerce ese reconocimiento tardío de su talento, pero en pocas ocasiones la gracia ha acompañado tanto la entrega de un premio como en el caso de Stanley Donnen. Su baile delante de todo el Auditorio bien merece pasar a los mejores momentos de una ceremonia que siempre ha combinado momentos plúmbeos y farragosos con otros emotivos.
De siempre se recuerda que Orson Welles dirigió “Ciudadano Kane” con sólo 25 años y se olvida que Donen codirigió con Gene Kelly con sólo dos años más esa inmemorial joya del cine llamada “Cantando bajo la Lluvia” palmariamente homenajeada por la reciente “The Artist”. Stanley Donen fue maestro indiscutible en el género musical y cuando éste cayó en decadencia se reveló como un cultivado especialista en la comedia, género muy difícil e ingrato, en cuanto el tremendo talento que implica no suele ser reconocido por los sesudos críticos y expertos del ramo, que premian y ensalzan una y otra vez dramones, unos mejores que otros, pero que casi nunca saben apreciar la elegancia en la puesta en escena, la capacidad de mantener el ritmo narrativo y la esforzada dirección de actores que requieren los cultivadores del género que pretende arrancar la sonrisa del espectador.
Ya sus musicales se caracterizaron por un trasfondo más profundo del habitual, en la mencionada cinta del 52 se reflexionaba sobre el tránsito del cine mudo al sonoro, era cine dentro del cine, con una gozosa partitura mientras que en la posterior y olvidada “Siempre hace buen tiempo” se mostraba el doloroso efecto del paso del tiempo en la amistad, la sensación que los buenos tiempos no volverán nunca y la nostalgia por todos vivida que aquellas relaciones que tanto nos llenaron han quedado en el vacío más absoluto. Esos matices se pueden también apreciar en su debut “Un día en Nueva York” un canto a la necesidad de vivir el momento y aprovechar al máximo los instantes de felicidad que tan rápido se esfuman.
Esta brillante combinación de comedia y drama, el tránsito de la alegría a la amargura y la inevitable percepción que el paso del tiempo marchita el amor surgido en su día se manifiesta en su esplendor en su obra maestra “Dos en la carretera” , la mejor reflexión nunca hecha por nadie ene una pantalla sobre esa institución llamada matrimonio y que a través de un maravilloso guion de Frederick Raphael transita a través de diversos flash-backs por el itinerario emocional de una pareja durante sus viajes en Francia en las diversas etapas de su relación: el enamoramiento, la consolidación del matrimonio y la final degradación del mismo. Con el trasfondo de una inolvidable banda sonora de Henry Manciny, y con la mejor labor de montaje que uno pudiera recordar, los rostros de Audrey Hepburn y Albert Finney transitaban por las carreteras francesas con una autenticidad sólo al alcance los realmente grandes.
Anteriormente se había lanzado a copiar al Hitcothck de “Atrapa a un Ladrón” con dos comedias policiacas llenas de viveza y simpatía; “Charada” y “Arabesco” de inevitable recuerdo para todos aquellos que disfrutaban de la presencia de grandes estrellas en la pantalla: Cary Grant, Sophia Loren. Gregory Peck o la misma Hepburn llenaban la misma con su personalidad, simpatía, belleza y talento. Pero eran los años 60, la década en la que el viejo Hollywood empezaba a desmoronarse y los gustos del público derivaban hacia otro tipo de cine. Como a tantos compañeros de generación los nuevos tiempos le resultaron especialmente difíciles y su cine cayó en la indefinición: el mantenimiento de su viejo estilo con las nuevas tendencias no resultó muy factible y sus producciones de los 70 cayeron en el olvido crítico-comercial (“Lucky Lady”; “El Principito” “Moviola”) hasta el punto que su despedida del cine fue a través de una divertida pero menor película de enredos amorosos protagonizada por el siempre solvente Michael Caine, “Lío en Río”. Desde entonces se apartó de una industria que siempre le había minusvalorado, no en vano jamás fue candidato a `premio de la Academia alguno hasta que en 1998 ante las nuevas generaciones pareció un ancianito que tras la simpatía y originalidad de su agradecimiento escondía una de las mejores trayectorias de la historia del cine.
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