martes, 29 de noviembre de 2011

AMBICIONES LONDINENSES


"El Sueño de Casandra", nos plantea el tema del arribismo social, la ambición desmedida, el precio de los sueños y hasta la fuerza de la familia. Y lo hace en forma de tragedia absoluta, sin apenas resquicio al más mínimo humor. Es un tipo de historia que el realizador ya manejó con gran inteligencia en la muy notable "Delitos y Faltas", y que casi 20 años después retomaría en "Match Point". La superioridad de estas dos cintas (especialmente la primera) respecto "El Sueño de Casandra" radica en la forma de presentar estos tremendos conflictos interiores a través de personajes muy elaborados en los que la lucha interna se manifiesta en una ambigüedad que engancha al espectador hasta el punto de hacerle partícipe de su angustia existencial ¿se deben perder los principios a cambio de ver cumplidas las ambiciones que nos llevan a la felicidad?.
En esta película londinense, nos cuesta identificarnos con los personajes protagonistas. Resultan demasiado planos, sus comportamientos son previsibles ya que se derivan de situaciones planteadas al espectador de forma muy lineal: el enamoramiento de una bella mujer, el gusto por la vida ostentosa que choca con la cruda realidad, la presencia de un tio rico que representa los sueños no cumplidos.....
Por otro lado, Ewan MacGregor cumple con su habitual solvencia, pero el personaje de Farrel resulta irritante y antipático, hasta el punto de casi molestar. Tampoco son muy creíbles personajes secundarios como el de Tom Wilkinson, que actúa como desencadenante del drama.
De todas formas, esto no hace a "El sueño de Casandra" una película completamente desechable ya que, a pesar de sus defectos, mantiene un buen ritmo narrativo y un competente acabado formal. Es una cinta que no aburre en ningún momento y se sigue con un interés aceptable ya que cuenta con una historia simple pero siempre efectiva. En realidad como el reciente cine de Allen, da la impresión de haber sido escrita y dirigida como un mero pasatiempo, tan correcto como mecanizado. Un precio a pagar por mantenerse en el candelero durante casi 30 años, algo sólo a la altura de los

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