
Era un proyecto destinado al fracaso. Cuando una realización es tan sumamente brillante su nueva versión tiene todas las papeletas para no cumplir las expectativas y defraudar. El original se fundamentaba en una prodigiosa dirección de actores y en un ritmo extraordinario propio de un maestro como Mankiewicz; en el remake, pasados los primeros veinte minutos, ya apenas nos interesa lo que nos aparece en pantalla. La dirección de Branagh es plomiza a pesar de la corta duración del filme y si bien Michael Caine responde a las expectativas como Wyke, Jude Law está innecesariamente histriónico como Milo Tindle, el papel que bordaba Caine en 1972.
Gran parte de culpa del desaguisado es del guión del Nobel Harold Printer, gran dramaturgo cuyas aportaciones al cine son más bien irregulares. Frente a la fortaleza del texto escrito por Shaffer que incidía en la lucha de clases como telón de fondo del duelo de los protagonistas, en esta ocasión ese componente se pierde en una difusa ambigüedad sexual de los contrincantes que no aporta nada a la trama original. En realidad no vemos el momento en el que llegue el final de la película dado el aburrimiento que nos produce.
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