
Cada estreno del realizador de “Mystic River” o “Sin Perdón” viene rodeado de un expectación considerable en el universo cinéfilo; se espera que a sus ochenta y dos años la leyenda viva del celuloide regale al espectador un clásico “de los de antes”, con gran historia, excelentes interpretaciones y magnífica narración, que al final de la proyección nos sintamos sobrecogidos por lo que acabamos de ver y que volvamos a apreciar el buen hacer del llamado último clásico.
En realidad la notable filmografía de Eastwood está plagada de altos y bajos con un buen tono general. Como a Woody Allen su inusitada capacidad de trabajo parece pasarle factura mucho más que lo que buena parte de la crítica está dispuesta a reconocer. No falta nunca el buen hacer artesanal, la solvencia ganada con los años que impide la aparición de una película mala, las ha rodado mejores o peores, pero nunca malas.
La historia del fundador del F.B.I (el funcionario más longevo y poderoso de la historia) era un excelente material para una gran película. Su historia de impecables servicios a la patria desde las sombras, los secretos inconfesables de todos los mandamases que guardó durante décadas, la neurosis de la lucha contra el demonio del comunismo, sus relaciones con la mafia y un sinfín de historias recurrentes hubiesen resultado un material fascinante para cualquier guión con aspiraciones. Pero “J Edgar” se queda a mitad de camino en su retrato del ogro que a todos atemorizó durante décadas; su historia nos interesa, pero no fascina, se deja ver pero a ratos resulta plomiza, no molesta pero tampoco conmueve. El lobo no lo es tanto y más aún cuando el realizador se empeña en recrearse en sus demonios sexuales personales.
Los actores son buenos y cumplen con solvencia, aún con el ridículo maquillaje con el que les han martirizado en buena parte de la película y que hasta justificaría una demanda por daño de la imagen. Curioso que un cineasta tan sólido como Eastwood no cuidara esos detalles. Y se echa en falta más presencia de la inquietante Judi Dench, que pasa por la película más de puntillas que en su oscarizada participación de siete minutos en “Shakespeare in Love”
Totalmente de acuerdo con el comentario. Añado además que Clint Eastwood (con perdón o sin perdón) abusa sin puedad de vaivenes elípticos que convierten al personaje biografiado en aburrido. No es patriota extremo, no es un cabrón odioso, no es un astuto intrigante.
ResponderEliminarEs un patético neurótico cuya vida y obra se dispersa entre manidos ingredientes que lo conveirten en un auténtico coñazo: que si un homosexual frutrado por aquí, que si un acomplejado edípico por allí, que si un paranóico anticomunista por allá. Ingredientes todos cansinamente mezclados que acaban cocinado un potaje incomestible.